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Jose Serur

LUAJ, magazine of the Consejo Sionista de México

The Logic of War: Why States Choose to Fight Instead of Negotiate

La lógica de la guerra: por qué los Estados eligen pelear en lugar de negociar

By Jose Serur3 min readIn Spanish

Summary

If war is costly for both sides, why does it happen at all? Using the Iran–United States case, the article explains three structural failures that turn armed conflict into a rational outcome: incomplete information, the commitment problem and shifting power.

The full article below is in Spanish, as originally published.

Cuando la información incompleta, los compromisos fallidos y el desplazamiento de poder convergen, el conflicto armado deja de ser una anomalía y se convierte en el resultado racional del sistema.

Si la guerra le cuesta caro a ambos lados —vidas, dinero, infraestructura—, ¿por qué ocurre de todas formas? Si los dos van a perder algo, siempre debería existir un acuerdo que ambos prefieran antes de pelear. Y sin embargo, las guerras pasan. Eso es lo que los politólogos llaman la paradoja del regateo.

Cuando dos Estados se disputan un bien —en el caso de Irán y Estados Unidos, la capacidad de enriquecimiento nuclear—, existe un margen de negociación: el conjunto de acuerdos que ambas partes aceptarían antes de entrar en conflicto. La guerra estalla cuando este margen se rompe o no puede identificarse. Para entender por qué esto ocurre, la ciencia política identifica tres fallas estructurales.

1. El problema de la información

Los Estados carecen de conocimiento pleno sobre dos aspectos cruciales de su adversario: la capacidad física para prevalecer en la guerra y la disposición a asumir sus costos a largo plazo. En una partida de póker, los jugadores no revelan sus cartas porque mostrar una mano débil elimina su ventaja. Se blufea para obtener un mejor resultado. Los Estados operan de forma idéntica.

“La afirmación de Irán de que ‘nunca’ abandonará el enriquecimiento de uranio y la declaración de Estados Unidos de que atacará a menos que Irán desmantele su programa son comunicaciones estratégicas, no posiciones finales.”

El problema es que ambas partes saben que la otra tiene un incentivo para blufear, por lo que ninguna declaración es creíble a primera vista. Los Estados tienen una motivación racional y estructural para exagerar su determinación y capacidades, ya que al hacerlo obtienen concesiones en las negociaciones. Cuando los dos blufean, ninguno le cree al otro.

2. El problema del compromiso

Este problema surge cuando los Estados no pueden prometer de forma creíble que no usarán la fuerza en el futuro para modificar un acuerdo alcanzado hoy. Un Estado siempre puede incumplir un pacto cuando las circunstancias lo hacen ventajoso. Ninguna administración puede firmar un acuerdo hoy y garantizar que, una vez que cambie el gobierno, la contraparte siga cumpliéndolo. Los acuerdos son, en el mejor de los casos, contratos sin árbitro.

3. El desplazamiento de poder

El problema del compromiso se ve agravado por un cambio en la dinámica de poder en el eje nuclear. En el caso de Irán, el país se acercaba a la capacidad de producir suficiente material para un arma nuclear en poco tiempo. Esto representa, en la práctica, un cambio de poder irreversible: una vez que Irán sea un poder nuclear, todo el entorno de negociación se transformará permanentemente.

Frente a esa perspectiva, Estados Unidos tenía dos opciones: actuar ahora, mientras las opciones militares aún son viables, o esperar y aceptar un futuro entorno de negociación en el que Irán cuente con armamento nuclear, otorgándole una ventaja estructural de largo plazo.

La administración Trump exigió que Irán abandonara por completo el enriquecimiento de uranio, convirtiendo este punto en una cuestión central e innegociable. Un acuerdo parcial que mantenga la capacidad de enriquecimiento puede revertirse una vez que cambie la administración, lo que convierte cualquier concesión actual en papel mojado frente a un Irán nuclear futuro.

El caso Irán-Estados Unidos

En 2025, ambos países sostuvieron cinco rondas de conversaciones y aun así terminaron en guerra. Las tres fallas se presentaron simultáneamente: ninguno sabía qué tan en serio hablaba el otro, ninguno podía garantizar el cumplimiento futuro de un acuerdo, y la ventana para actuar militarmente se cerraba a medida que Irán avanzaba en su programa nuclear.

Cuando la información incompleta, el problema del compromiso y el desplazamiento de poder convergen, la guerra deja de parecer una locura y empieza a tener su propia lógica. No es el fracaso de la racionalidad: es su consecuencia más brutal.